Fallece Marcel Marceau

Una noticia terrible: El señor y amo de la pantomima, Marcel Marceau, quien revivió este arte y lo dotó de poesía, falleció a los 84 años de edad ayer sábado, en París.

Con el rostro pintado de fantasmal blanco, dos lágrimas negras apenas esbozadas bajo los ojos, su clásico sombrero con una flor marchita y camiseta a rayas, cruzada por un tirante, Marcel Marceau era capaz de invocar cualquier sentimiento, cualquier recuerdo, cualquier objeto y darles vida en absoluto silencio, sin romper jamás la atmósfera mágica que la ausencia de las palabras produce. Porque sus frases eran otras: Más efectivas, más dramáticas, más poéticas. Dicen que fuera del escenario hablaba hasta por lo codos, pero su arte era otro. Bip, su personaje de toda la vida, podía ser, al mismo tiempo, un niño, un anciano, un vendedor de globos. Marcel Marceau, en el escenario, iluminado por un cono de luz que delimitaba su mundo, conmovía a los espectadores hasta el llanto, los alegraba hasta la carcajada, los regresaba a su infancia pero, lo más importante, los convertía en sus cómplices.

Recuerdo haber visto a Marcel Marceau en la televisión innumerables veces. En aquél entonces, teníamos un televisor en blanco y negro, montado en una consola de madera, como eran las cosas al principio de los setentas aquí en México y, de pronto, veía aparecer aquél extraño hombre de apariencia ridícula que no hablaba, que miraba al público y a la cámara como si estuviera aterrado, con azoro, como con pena de su aspecto, pero, de pronto, las luces se apagaban y aquel hombrecillo insignificante se convertía en un portento, en un gigante, en un mago. De sus manos brotaban palomas, de sus brazos serpientes, y aquél rostro podía ser el de cualquiera, el de ninguno... Cuando veía a Marcel Marceau en la televisión, me iba a dormir con la cabeza llena de sueños, de ángeles, de caramelos invisibles, de palomas como dedos, del retumbo endordecedor del silencio.

Descanse en Paz.

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