El inhóspito planeta Venus

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He aquí algunas razones por las que he decido postergar mi tan ansiado viaje a Venus:

A diferencia de un fin de semana en Cuernavaca, la superficie de Venus es tan caliente que podría derretir el plomo, y sus tormentas de ácido sulfúrico nos dejarían en carne viva (es un decir, ya que para entonces seríamos carne muerta).

Por si todo ello no fuera suficiente, este planeta símbolo de la benevolente (aunque caprichosa) femineidad, posee un campo eléctrico que, a diferencia del de la Tierra, nos dejaría como los dibujos de las caricaturas donde quienes se electrocutan parecen cuerpos transparentes con esqueletos crispados.

Exagero. El campo eléctrico no sería como estar en una silla eléctrica gigante, pero es un impedimento grave para permitir que la atmósfera retenga el oxígeno y el agua tan necesarios para la vida. Aún si consiguéramos aislarnos de las temperaturas sofocantes, queda la cuestión del campo eléctrico y su relación con el vital líquido, que puede no ser exclusiva de Venus, sino característica en muchos exoplanetas que pudieran servir a la humanidad como posibles blancos para la colonización.

Ahora que los astrónomos han detectado esta anomalía en Venus, están comenzando a preguntarse si lo mismo estará pasando en Marte y en algunas lunas que se pensaba eran idóneas para contener a la humanidad fugitiva. Parece ser, por la cantidad de datos que se siguen acumulando sobre la mesa (y debajo de ella), que los requisitos para que un planeta desarrolle y mantenga la vida (inteligente o no) son cada vez mayores, y que somos más la excepción que la regla en un universo que se descubre cada vez más hostil.

Hace poco, leía que uno de los requisitos esenciales para la evolución es el tiempo. Esto puede sonar demasiado obvio pero no se refería al tiempo necesario para que se den los cambios evolutivos, sino al tiempo que se requiere para que la evolución se mantenga estable e initerrumpida en una línea que conduzca a vida inteligente, en primates, marsopas, lechugas o insectos.

Uno de los principales inconvenientes para la evolución son las catástrofes. Si la vida tiene que extinguirse y recomenzar cada pocos millones de años, el avance (si se da) es caótico y a trompicones. Baste decir que si no fuese por ese meteorito que reventó en Yucatán hace 65 millones de años, probablemente seríamos dinosaurios y en vez de gatitos probablemente adoptaríamos tiernos humanos a quienes haríamos vivir en areneros y los llevaríamos al veterinario para desparasitarlos y ponerles sus vacunas.

Y es aquí donde entra en juego la peculiar disposición de nuestro sistema solar, con esos grandes planetas en las órbitas exteriores como Júpiter y Saturno que sirven de escudo contra las incursiones de cometas, meteoritos y otras rocas que, si no fuera por ellos, chocarían contra la Tierra borrándonos del mapa en el proceso.

Así pues, el estudio de Venus ha elevado un poco más el grado de de dificultad para que un planeta se considere habitable. Ahora, tambien hay que fijarse en el campo eléctrico atmosférico si ha de ser candidato para servirnos de hogar en el futuro.

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