La píldora de la eterna felicidad

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Érase una vez, hace muchos, muchos años, que los hombres más intrépidos de su tiempo viajaban a lugares remotos en búsqueda de la fuente de la eterna juventud. Ser joven para siempre, ése era el sueño de la humanidad entera.

Pasó el tiempo, y los hombres se dieron cuenta que la juventud no bastaba; había que conseguir, también, la felicidad eterna, la sonrisa permanente, el gozo infinito. Inventaron aparatos maravillosos, juegos intrépidos, hazañas al alcance de todos.

Los humanos ahora tenían el sexo, los viajes, la pantalla del televisor. Sin embargo, aún había infelicidad, tristeza, agobio. Probaron de todo, desde el riesgo extremo hasta la inmovilidad total; desde la ignorancia hasta la cultura sobrehumana... nada funcionó.

La infelicidad estaba a la vuelta de la esquina, acechando en los lugares más insospechados para clavar sus garras en el inocente.

Hasta que llegó el mago de las pastillas.

"Una pastilla lo hará sonreír", pregonaba el hombre. "¡La ciencia de la felicidad ha llegado!", repetía una y otra vez. Algunos, los más intrépidos, probaron el invento y corroboraron la magia. Prostitutas, banqueros, maestros de escuela, simples empleados, deportistas y amas de casa comenzaron a tomar la pastilla de la felicidad, que adoptó varios nombres, diversas propiedades... era la felicidad empacada en un humilde comprimido, en una tableta, en cápsulas de todos los colores posibles.

Desde entonces, la humanidad ha vivido inmersa en una nueva religión, en una adoración perenne de la alegría, del gozo, de la nueva camada de alquimistas, que convierten la miseria en júbilo, la ignorancia en sonrisas, en carcajadas, en risas prefabricadas.

La historia no termina aquí, pero he tomado una de mis píldoras y ya no encuentro palabras lo suficientemente tristes para describir lo que sigue.

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