La dictadura del gadget

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Resulta curioso cómo funcionan las cosas (cuando funcionan): Un aparato cuyo objetivo es facilitarnos la vida, en realidad la complica. No hablo de un gadget en particular (aunque los teléfonos inteligentes son el ejemplo más obvio), sino de todos. Y mientras más modernos, peor es el asunto.

Pongamos por ejemplo una computadora. Tras elegirla, vamos a la tienda y la compramos. Al llegar a casa, encendemos el aparato y comienza la aventura.

Lo primero es, por supuesto, realizar los pasos finales de instalación del sistema operativo (cuando no optamos por ponerle uno completamente nuevo). Por supuesto, debemos conectarnos con nuestra red inalámbrica o, si es el caso, incluir nuestra flamante computadora en la red de la oficina. Luego hay que bajar actualizaciones, instalarlas, descargar nuestros programas favoritos, agregarle algún software de seguridad (cuando no varios) y, una vez que hemos terminado, ya pasaron cuatro o cinco horas y comenzamos a transferir nuestros archivos, o a descargarlos de la nube y correr los programas de sincronización.

Y cuando las cosas parecen estar a punto de concluir, decidimos instalar algún periférico: Un teclado y/o mouse, la impresora, tal vez otro monitor, altavoces, el teléfono (por supuesto), puede que alguna cámara, la tablet o un reproductor mp3, escáner o webcam… y eso si no somos de los que tienen decenas de gadgets, que la lista puede volverse interminable.

Una vez hecho todo esto, tal vez sea importante comer por primera vez en 24 horas, o darnos un baño y pasarnos un peine por el cabello antes de relajarnos ante esa moderna laptop que hará de nuestra vida algo mucho más sencillo… una experiencia sobria y minimalista que nos ayude a enfocarnos en lo realmente importante.

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