Teletransportación

Nicolas Pirotte: Man in the dark

Hace un tiempo, tal vez un año o más, acepté la invitación de un amigo para ir a su casa y beber un par de cervezas. Esas reuniones llevaban repitiéndose desde los lejanos tiempos de la universidad. Siempre terminábamos recordando viejas películas, el nombre de las chicas con las que salimos y a los profesores que detestábamos. Una rutina que seguíamos al pie de la letra con más resignación que placer y que, invariablemente, nos ponía algo nostálgicos.

Antes de entrar a la cámara teletransportadora, le di un beso a mi mujer y prometí solemnemente que estaría en casa antes de la medianoche. Ella me miró con una pincelada de reproche en los ojos pues sabía que llegaría más tarde, alrededor de las tres y hablando con lentitud para fingir sobriedad. Sin embargo, sonrió y dijo que planeaba ir de compras, luego a casa de sus padres, que no me preocupara por la hora. Mi chica.

No recuerdo cómo sucedió. Debí cometer un error al oprimir la secuencia en el tablero de control o la máquina estaría averiada. Sentí el conocido cosquilleo en la piel cuando el escáner recorrió mi cuerpo pero, en lugar del habitual destello purpúreo que invariablemente precedía a la teletransportación, me vi sumido en la más absoluta oscuridad. Miré en todas direcciones y extendí los brazos, pero las puntas de mis dedos no hallaron nada que palpar. Intenté caminar y, horrorizado, me di cuenta que mis pies no tocaban el suelo. Era como si flotara en un mar negro, tibio y silencioso. Cuando traté de gritar pidiendo ayuda, de mi boca no salió sino oscuridad.

Pasó algún tiempo (¿días? ¿semanas?) antes de que percibiera aquel tenue destello en el cielo, muy por encima de mí. Alcé las manos hacia él, intenté saltar, nadar, trepar, pero nada funcionaba. Seguía en el mismo punto y, por momentos, perdía de vista el débil punto de luz, que se encendía y apagaba con regularidad. ¿El día y la noche? Entonces noté que si lo deseaba con cada gota de la voluntad que acumulaba durante días, me desplazaba un poco. Así, lentamente, milímetro a milímetro, me fui acercando al rombo de luz. Del tamaño de una gota de agua, tuve que acercar el ojo hasta arañarme la córnea para ver la sala de mi propia casa. Ahí, un hombre idéntico a mí se esmeraba frente a la computadora, daba palmadas en la rotunda cabeza de mi perro, bebía café de mi taza favorita y conversaba con mi mujer, pasándole el brazo sobre los hombros y sonriendo tal y como yo lo hubiera hecho.

Andrés Borbón

Imagen: Nicolas Pirotte

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