¿Los robots se están humanizando o nosotros nos estamos robotizando?

robot pensante

Durante muchas décadas, los científicos expertos en cibernética han estado jugando con las herramientas de la inteligencia artificial, intentando crear robots que se comporten como seres humanos.

El famoso test de Turing es un buen ejemplo de ello: Diseñado para evaluar la capacidad de un robot, o una pieza de software inteligente (lo que eso signifique) para comportarse como lo haría un ser humano, consiste en una serie de preguntas que un entrevistador plantea a ciegas a un sujeto oculto. Luego, tras sopesar las respuestas, debe decidir cuál de los dos es un robot.

El test de Turing ha sido criticado pues al suponer que uno de los dos sujetos es un robot, el evaluador tiene simplemente que decidir cuál serie de respuestas le parece “menos humana”. Si se le dice a quien hace las preguntas que puede ser (o no) que uno de los dos participantes sea un robot, habrá una mayor cantidad de falsos negativos: Pero sigue habiendo un fallo: El evaluador sabe que el test pretende identificar a un robot, y eso le hace ser particularmente cuidadoso al evaluar su interacción con los entrevistados.

Lo ideal sería que el evaluador pudiera hallarse en comunicación con un robot en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia, y después reportara cuál de los sujetos puede haber sido un robot. Ahí es donde la cosa se pone difícil.

La inteligencia artificial es inherente al comportamiento informático: Cada vez que un programa toma una decisión ante una combinación de circunstancias, está actuando inteligentemente. Es solamente la versatilidad y la complejidad de estas decisiones cuando la inteligencia artificial y la inteligencia humana se separan

Pero… ¿en qué sentido es diferente el comportamiento de un ser humano al de una máquina? Pues en dos terrenos principalmente: En la libre elección, que no siempre está condiconada por la razón y en la manera en que involucramos los sentimientos en nuestras elecciones cotidianas.

Así las cosas, ciertamente los robots y la inteligencia artificial han recorrido un largo camino hasta acercarse tanto al hombre que bien pueden sustituirlo en buena parte de las decisiones a tomar, aunque a nadie le convieneun robot que tenga una inteligencia indistinguible de la humana, pues esa máquina actuará guiada por la supuesta libertad de elección (y el sentido de individualidad) y por los sentimientos (ira, enojo, celos, júbilo, etc.).

…a nadie le gustaría hallarse a merced de una super-inteligencia furiosa, ¿verdad?

Y respecto a los seres humanos, nos encontramos tan ligados a la tecnología y tan inmersos en los nuevos avances, que es casi imposible no comportarnos en muchos aspectos de nuestra vida como lo haría un robot: Obsesionados con la privacidad, impidiendo que los sentimientos nos impidan cumplir con nuestras obligaciones y, sobre todo, coartando los sentimientos naturalmente presentes en nosotros. Todo para ser más eficientes.

Esta obsesión con la productividad solamente tiene un referente cercano en el mundo de los robots, pero no es humano.

Coartar nuestros sentimientos nos guía a ser más eficientes, pero no se pueden establecer relaciones vitales significativas sin el gasto de tiempo y esfuerzo que esto conlleva. Ser humano no es siempre ser inteligente. Establecer relaciones afectivas demanda un gran coste de energía, de recursos, pero es lo que a fin de cuentas nos hace diferentes de las máquinas.

Por eso, y si en verdad queremos que la inteligencia humana y la artificial sean equiparables, el único camino viable (el menos peligroso) es que nosotros nos comportemos más como robots.

Sería una lástima que eso sucediera.

Cuando las grandes empresas tecnológicas y corporativas nos piden racionalidad ante todo y se establecen algoritmos para cada eventualidad, están digitalizando nuestra conducta y obligándonos a actuar como lo haría una pieza de software. Se da, por supuesto, cierto margen de acción, pues seguimos siendo indudablemente humanos, pero en el trabajo hemos de ser engranes de la maquinaria.

Si llevamos las cosas un poco más allá, con gran frecuencia nos hacen upgrades: Nos actualizan con la computadora más reciente, el nuevo iPhone, la versión más reciente del sistema operativo y cámaras que nos fotografían desde el espacio, sitios que monitorizan con quien nos relacionamos y con quién no, gadgets que registran nuestros movimientos y plataformas que hacen un seguimiento de lo que compramos, lo que comemos, cuánto nos ejercitamos y los que vemos (lo que fotografiamos), la música que descargamos, los libros que leemos, las series de televisión y las películas que nos han gustado.

No digo que estas cosas nos hagan menos humanos, pero ciertamente engloban nuestra humanidad en categorías informáticas. Los seres humanos, afortunadamente, somos mucho más que eso y estamos colmados de una serie de capacidades que las máquinas jamás podrán emular: el arte (la experiencia artística ) y el amor.

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