Una historia de amor

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Uno de los precios que debemos pagar por caminar descalzos es la inevitable colisión de nuestros dedos con cualquier superficie dura que se ponga en el camino. No importa lo cuidadosos que seamos, la pata de la cama o de una silla hallarán la forma de engañarnos y, momentos después, veremos estrellas, saldrán lágrimas de nuestros ojos y no quedará más que gritar, refunfuñar, maldecir, invocar a los progenitores del mueble o dar tumbos hasta un lugar más seguro.

Una historia verídica:

En una ocasión, llevaba una taza de café hirviendo a través de la sala absolutamente oscura. No encendí la luz por pereza, pero iba descalzo y, claro, di con un dedo contra la puerta. El dolor fue agónico pero me las arreglé para llegar al sillón sin derramar una gota de café, donde me senté sobre mi gato. Éste maulló y giré para no aplastarlo, pero aquello fue demasiado y acabé vaciándome la taza de café entera sobre la zona más sensible de mi cuerpo. Corriendo, me bajé el pantalón y entré a la regadera, sólo para comprobar que se había acabado el agua así que con los pantalones en las rodillas fui hasta la cocina y me vacié una botella de agua encima.

Por eso utilizo zapatos de trabajo con casquillo de metal… a veces.

2 comentarios:

  1. Que genial anécdota! Reí hasta caer de la silla. "Una serie de eventos desafortunados", inspiraría un cuento corto.

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    1. Anónimo: Si lo hubiera grabado, habría sido un hitazo en YouTube. Je, je. Y vaya que me han pasado cosa como esa. Soy como un imán para las situaciones ridículas

      Un saludo!!
      Andrés

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